"Por no ser ya capaces de afrontar el dominio simbólico de la ausencia, nos sumergimos hoy en la ilusión contraria, ilusión desencantada de la profusión, ilusión moderna de pantallas e imágenes que proliferan". J. Baudrillard
Alguien dice, ciertamente, que el hecho teatral tiene tres patas: actores, técnicos, público. Pareciera olvidarse que hay otra pata tal vez oculta en las tres primeras: texto, verbal y escénico. Pienso ahora, hoy, que esas tres, o cuatro, patas de la mesa teatral componen el simulacro del evento cultural. Por algo es que decimos y también sentimos que ese momento de convivio entre actores, técnicos, público es algo "mágico", "ritual". Lo que ocurre en ese instante de "magia ritual" oculta la verdad previa, las salidas a horario, a destiempo, el traslado, el armado, las dudas, las discusiones, los encontronazos y los desencuentros, los detalles olvidados y reencontrados, las decisiones tomadas en soledad, los recuerdos que asaltan en el último momento, las invocaciones y destierros que se re-hacen en cada ocasión, los aciertos y errores que transcurren inexorablemente.
Todo eso oculto, mapeado en puntos fugaces de brillo, de opacidad, de sombra y destello efectista, de risas, exclamaciones y aplausos.
Por debajo, saturada de tiempo detenido, queda la verdad del momento, infiltrada en los intersticios del lugar adonde ocurrió, en la grieta de una pared, escurrida bajo un trozo de pintura descascarada, depositada en el piso del escenario, en los pliegues de una bambalina, grabada en energía derramada y nunca recuperada.