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jueves, 19 de marzo de 2026

"Homenaje a los artistas"

Los actores y actrices se preparan frente a sus espejos.  El espacio escénico demarca un camarín en donde esa preparación transcurre, aparentemente, sin contratiempos, sin nerviosismos, sin apuros. Solo concentración. Sobre otra esquina está un piano, su ejecutante y una cantante, con un atril adelante. Una voz desde la técnica, atrás, grita: “¡Chicos… a escena!” Se percibe entonces en esos actores y actrices esa conmoción que siempre acompaña al que entra al espacio escénico... Ya estaban en el espacio escénico, pero hasta ese instante no importaba. ¿No importaba o eso que creí que era espacio escénico no lo era?. ¿Dónde termina ese espacio? ¿Dónde comienza?. Una pregunta más que estética, existencial. Porque a esta altura del partido las escenificaciones son algo que está, se podría decir, omnipresente. Propias y ajenas. En una realidad que se transforma en algo hiperreal a cada momento, a cada instante, en donde la propia imagen y la ajena se combinan en nuevas imágenes, ahora mejoradas por IA. Por eso, por un momento, la escena se intermedió en una imagen digitalizada en mi celular, como un residuo, un vestigio de eso que estaba pasando. Tres actrices y un actor en escena actuando monólogos en sucesión e interactuando entre ellos, con textos que tienen que ver con la escena teatral, con lo que ocurre ahí, con lo que ocurre después de la escena, con lo que ocurre antes de la escena. Un dispositivo escénico sencillo, con intermezzos musicales cantados en vivo, que son una decoración vigorosa de esas presencias escénicas que van componiendo postales comentadas de diferentes momentos de lo que aquellos que somos del palo consideramos nuestro. Momentos de gloria en los cuales personas grises, anónimas, insospechadas, ocupan un lugar de espacio-tiempo solo reservado a príncipes y profetas. Gloria, felicidad… momentos esquivos y fugaces. Como el arte del teatro. Momentos de los cuales solo quedan recuerdos, bioimpresiones tridimensionales en movimiento, o imágenes planas, químicas o digitales, fijas o en movimiento, en color o en blanco y negro, y palabras escritas, en el mejor de los casos, publicadas. Residuos, restos, vestigios, “humo sin fuego” que queda luego del compartir, del ser-con.  Es esa cuestión ritual que siempre acompañó a lo teatral enlazando con la conmemoración, con el homenaje. Y el homenaje es en esta ocasión el centro que  transcurre por medio de una puesta que roza la instalación y sus atributos re-auratizantes. Un aura, esa lejanía cercana, ese sentido de vértigo al arrojarse a la desesperación de hacer por hacer porque hay que hacer, de disolver el ego sin perderlo, se va apoderando de nosotros los espectadores cuando empezamos a ver en un video proyectado a foro imágenes de hacedores, de “teatristas” que han muerto. Porque de eso se trata. No es que “se fueron de gira”. Se murieron. No van a volver de esa gira. No están más. Lo que ha quedado de ellos son la pluralidad de sus relaciones, de sus aventuras, de sus proyectos compartidos. Y también queda un homenaje en forma de un banner con sus nombres, que es descubierto por los quienes homenajean. Podemos soñar que cuando uno salga a escena, si es que se vuelve a salir, esté sostenido por alguna de esas palmas que aparecen implícitas en esas imágenes y esos nombres. Pregunté arriba por donde termina el espacio escénico o donde comienza. Podría preguntar lo mismo por el homenaje, la conmemoración. Y así los espectadores nos quedamos sentados como esperando algo cuando todo había terminado. Alguna confirmación. Un “sí, terminó”. Pero no lo hubo. ¿Faltó algo? Puede ser, pero la “instalación” permite esas cosas, creo. Pero también la conmemoración, el homenaje, siempre tiene que continuar. Y es entendible que nos haya pasado porque en los barruntos cotidianos que nos preparan para lo que hay que hacer nos olvidamos de esa cuestión. Cuestión que involucra a padres, hermanos, abuelos, tíos, amigos, referentes y admirados. Hacer por hacer y porque hay que hacer y porque también es un homenaje a esos que nos han hecho de alguna manera, porque nos han precedido. Es bueno tenerlo en cuenta cuando las fuerzas flaquean. Cuando nos preguntamos ¿para qué? recordar esa cuestión puede cambiar la pregunta a ¿para quién? o ¿por quién?. Y seguir soñando. Los actores y actrices sueñan y sus directores y dramaturgos también. Y vestuaristas, iluminadores, sonidistas, tramoyistas, maquilladores, un poco más, un poco menos, sueñan el sueño compartido.

Soñar que nuestro fuego sigue ardiendo y produciendo humo, para nosotros y para los que vengan después.

Lugar: La 3068

Actuaron: Vanina Monasterolo - Luchi Gaido - Marcela Cataldo - Nicolás Sierra

Música en vivo y canto en vivo: Juan Candioti y Alicia Galli

Dirigió: Sergio Abbate




 




lunes, 15 de agosto de 2022

Una Función

 "Por no ser ya capaces de afrontar el dominio simbólico de la ausencia, nos sumergimos hoy en la ilusión contraria, ilusión desencantada de la profusión, ilusión moderna de pantallas e imágenes que proliferan". J. Baudrillard

Alguien dice, ciertamente, que el hecho teatral tiene tres patas: actores, técnicos, público. Pareciera olvidarse que hay otra pata tal vez oculta en las tres primeras: texto, verbal y escénico. Pienso ahora, hoy, que esas tres, o cuatro, patas de la mesa teatral componen el simulacro del evento cultural. Por algo es que decimos y también sentimos que ese momento de convivio entre actores, técnicos, público es algo "mágico", "ritual". Lo que ocurre en ese instante de "magia ritual" oculta la verdad previa, las salidas a horario, a destiempo, el traslado, el armado, las dudas, las discusiones, los encontronazos y los desencuentros, los detalles olvidados y reencontrados, las decisiones tomadas en soledad, los recuerdos que asaltan en el último momento, las invocaciones y destierros que se re-hacen en cada ocasión, los aciertos y errores que transcurren inexorablemente.

Todo eso oculto, mapeado en puntos fugaces de brillo, de opacidad, de sombra y destello efectista, de risas, exclamaciones y aplausos.

Por debajo, saturada de tiempo detenido, queda la verdad del momento, infiltrada en los intersticios del lugar adonde ocurrió, en la grieta de una pared, escurrida bajo un trozo de pintura descascarada, depositada en el piso del escenario, en los pliegues de una bambalina, grabada en energía derramada y nunca recuperada.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

LINGE: La travesía de un payaso.


El derrotero de un payaso, ¿Cuándo empieza, cuándo termina? ¿Cuál es, o más bien, adonde está la casa de un payaso? El payaso siempre está en movimiento, siempre hace, siempre sabe, o cree que sabe y siempre prueba y a veces le sale y a veces no le sale, siempre disfruta, siempre padece, siempre comparte lo que le pasa. Será por todas estas cuestiones que el trayecto del payaso tiene tanto en común con los sueños y los enlaces caóticos que se producen en los sueños. El payaso siempre está en algún borde, en el limite. Fuera de ese límite está el baldío de la locura. Ahora bien, ¿el payaso sabe que es payaso? ¿o en el momento en que empezó a payasear ya no le importó ser o no ser payaso? Es decir, estableció una relación consigo mismo en la cual se deja gobernar por lo fácil, lo ligero, lo alegre, en donde hablar o razonar ya no cuentan. Porque ya supo todo aquello que necesitaba saber. Y a consecuencia de eso, acepta su destino de payasear y lo lleva adelante con tragicidad y grotesco. Y viaja, recorre, navega la tierra llevado por los vientos de aromas a vino y mujeres apetecibles, que no siempre encuentra. El payaso también persigue espejismos. Dicen los que saben que el barco, las velas, el viento que es el soplo de Dios, los astros que son sonrisas demoníacas, la mar que no ofrece puntos fijos en la soledad sin costas a la vista, son los mojones que llevan a la entrada a la locura, al baldío, más allá del límite, en donde un torbellino que surge de lo sombrío, profundo y acuático, que desde el caos y el desorden borra ese umbral, lo presenta y lo retira al prisionero del viaje, al payaso. El payaso escucha en su cabeza la risa de los locos que entraron al baldío y descubrieron todos los engaños. Pero el payaso quiere jugar. Saltar por la borda de la Nef des Fous, La Nave de los Locos es no volver.

Algo de todo esto trasunta la puesta, que arranca en una atmósfera surreal y luego transita un viaje interminable en donde todo se cruza, y los espacios y tiempos escénicos y dramáticos se solapan hasta hacerse convivio escénico (el payaso me dio la oportunidad, completamente inesperada para mi, de compartir, payasear y también robarle un poco de escena…). Y la escenografía, engañosamente simple, que ofrece puntos de juego constantes, me recordó, ahora que escribo y reflexiono, justamente a las velas de una nave con un ridículo palo mayor sobre el que luego se posa una luna inverosímil. Ahí dentro de esa nave están los artefactos del viajero payaso, sus valijas, sus botellas, su acordeón con el que toca y canta durante su viaje, canto al que, si uno quiere, está invitado a sumarse. Y esta nave navega en base a un despliegue actoral, escénico, corporal, textual, de vestuario, que me impactó. ¡Chapeau! Como actor no tengo dudas sobre la delicia que debe ser poder lograr algo así. Como espectador, me reí como me gusta hacerlo, a los gritos y sin medida. Lo lamento por aquellos que me acompañan, a quienes suelo importunar. Debe ser porque dentro mío, en ese lugar preciso, está el payaso siempre dispuesto a viajar.



Ficha Técnica

Grupo: Compañía Teastral – Paraná

Obra: LINGE

Actúa: Ezequiel Caridad

Asistencia: Paula Righelato

Dirección General: Jorge Costa

Obra Premio Teatro del Mundo, Centro Cultural Rojas, UBA.

Obra seleccionada para la Fiesta Regional de Teatro Centro-Litoral 2018 – INT

Crédito de las imágenes: Producción.



domingo, 1 de septiembre de 2019

El Silbador: obra de teatro

"La navegación del loco es, a la vez, distribución rigurosa y tránsito absoluto... No hace más que desplegar, a lo largo de una geografía mitad real y mitad imaginaria, la situación liminar del loco en el horizonte del cuidado del hombre medieval, situación simbolizada y realizada en el privilegio que se otorga al loco de estar encerrado en las puertas de la ciudad... Si no puede ni debe tener como prisión más que el mismo umbral, se le retiene en los lugares de paso... Encerrado en el navío del que no puede escapar, el loco es entregado al río de mil brazos, al mar de mil caminos... Está prisionero en medio de la más libre y abierta de las rutas, encadenado a la encrucijada infinita... Prisionero del viaje." Michel Foucault, Stultifera Navis, Historia de la Locura.

Será que hay un nuevo género bizarro: el hiperteatro? Todo es escena y en la escena no hay matices ni diferencias ni transiciones: actores-tramoyistas-personajes- público-música, todo mezclado. Se podrían poner las sillas bajo la luz.  El público separado es una convención más de la enorme convención que alimenta la escena.
El hiperteatro envuelve todo, lo hace uno. El pasado, el recuerdo, permanece como una rémora, un lastre que no termina de disolverse. Los vectores estéticos son radiales, impulsados en direcciones opuestas pero terminan regresando, convergiendo en la escena final, dándole la razón al Marqués de Sade y a los medievales y su pasión por la Narrenschiff, la Nef des Fous, la nave de los locos. Lo que ocurre en la nave, en la escena y en la platea tiene su nombre: nihilismo ¿posmodermo? Todo lo que he aprendido, intentado aprender, pacientemente, laboriosamente, a lo largo de más de veinticinco años el hiperteatro me lo manda a guardarlo ahí. "El público es el mejor y único crítico" escuché. ¡Por supuesto! ¡El veredicto popular es incuestionable! La Nave de los Locos nos contiene a todos. Nuestro, mi futuro, contenido en el inapelable veredicto popular. Debería haber ido a saludar yo también, y todos los espectadores, junto con los actores-tramoyistas-personajes: al haber estado ahí el hiperteatro me anuló en un nuevo colectivo donde reina una nueva convención de la que no se puede escapar. El puente que estaba a la salida, se cayó. Se ve que nadie le hizo mantenimiento. Cosas de un gobierno ineficiente. Ahora bien, para ahorrar sufrimientos aconsejo, solo como ejemplo, cosas a tener en cuenta para no tener en cuenta en esta Nave de la locura hiperteatral: 
  • La acción ocurre en Gran Bretaña, en entreguerra, pero el Inspector usa una birome, y moderna.
  • Hay fuego encendido en escena, pero el Inspector toma café caliente en una taza vacía.
  • El Inspector toma nota todo el tiempo en su libreta, pero la deja por ahí, a mano de cualquiera.
  • Los personajes corren la escenografía cuando salen de una escena. En escena no son capaces de hacerlo: no pueden acomodar una silla.
  • Los años pasan pero los vestuarios son iguales, en años no se cambiaron.
  • La música solo entra en las salidas y sale en las entradas, y siempre la misma música.
  • Las entradas y las salidas son iguales y al mismo ritmo: los pasos chiquitos o rengueantes de los personajes, que son ancianos, rengos, discapacitados motores y mentales.
  • Se consume el ¿50%? del tiempo escénico en estos movimientos, acomodamientos, entradas, salidas.
  • El monstruo asesino solo ataca a los que están despiertos.
  • El saludo final es escena final, todos juntos, en personaje, vivos, muertos, rengos, mudos, bobos, locos.
"Sobre gustos no hay nada escrito". Solo hay que animarse a escribirlo y hacerlo. 

miércoles, 10 de agosto de 2016

Amor... puto

El lugar: Teatro de La Abadía 06/08/2016.

Ir al teatro. Llegar y encontrar gente. Charlar. Entrar y ocupar una butaca. Sentir el presente.

La escena está en oscuras. Se oye una voz que va ingresando. Esa voz está alterada. Al iluminarse la escena se ve a una mujer que ingresa a un vestidor o camarín. Solo hay un perchero con ropa, una mesa, una silla y sobre la mesa, un neceser, que se ilumina al acercarse el personaje. Hay claroscuros en la escena, zonas de luz rodeadas de penumbras que nos indican que no todo es claro, límpido, perfectamente establecido. A medida que el personaje se va acomodando a ese espacio, ese lugar se va transformando de camarín en sala de espera, de reunión, en aposento de una niña esperanzada que proyecta sus deseos hacia un futuro que es hoy. Hoy. Ahora. Como testigos de ese trayecto estamos nosotros, los espectadores, que imperceptiblemente empezamos a estar “presentes” en ese camarín-sala-escenario.

La presencia, el ahora, es el núcleo de “Amor...”. Pero hay algo más. Al terminar la puesta un amigo me preguntó, capciosamente: “¿Se rompió la cuarta pared?” Mi respuesta inicial fue “Si...”. “Para mi no!” me respondió. Me quedé pensando. Y tal vez tenga razón. Para que algo se rompa, primero tiene que estar. Y esta puesta, que hace uso de tecnología moderna, de convenciones modernas, hace también honor y presentifica antiguas tradiciones de nuestro arte, en donde ese concepto de 4ta pared no existía, o no sabemos si existía o si era tomado en cuenta. En donde el ritual nos encontraba unidos en la evocación, la actualización de algo. De algo que está siendo y que todavía no es. Pero por supuesto no podemos dejar de lado nuestra modernidad. Los que saben dicen que una corriente invisible de 10000 voltios separa el espacio escénico del espectador. Es el signo – que marca todo lo escénico como teatral. Y como el artificio se va revelando sin hacerse jamás explícito aparece también lo “real”, lo vivo, en la forma de una presencia de lo poético. Mis lecturas actuales me llevan a encontrar que los medievales esperaban que lo poético fuera universal, pero también vivo a los ojos, no era algo meramente imitativo. Y así comienza esta obra, haciendo presente esa tradición tan antigua y vivificándola en los ojos de la protagonista que empiezan a hurgar en la profundidad de la sala, denunciando que la corriente de 10000 voltios… puede ser que no esté. O sí, pero más atrás, en la puerta del teatro.

Siempre digo que una puesta funciona cuando plantea problemas y los soluciona. Cuando no deja abandonada la energía del actor al automatismo de la recepción. Y así la imagen teatral de esta puesta intenta sostener la energía de su actor y evoluciona, cambia. ¿Cambia? Cambia y no cambia. La inclusión del video como concretización de una imagen mental del protagonista da la impresión de un cambio vertiginoso. ¿Pero es tal ese cambio? “Soy pura actualidad”, dice la protagonista. Algo que siempre se actualiza es algo que cambia, que va de un lado a otro o de una forma a otra. Y los que saben dicen que ese tránsito es también tensión pura. Ni movimiento ni cambio, contorsión. Dentro de los “algo más” de Amor Puto está la metafísica. La “operatividad” por no encontrar en este momento un término mejor, de un cambio decidido, voluntariamente poderoso, en tensión con un ser que quiere ser. Un ser universal, humano, contradictorio, incoherente, cristalino, frágil. Cuyas palabras de amor y despecho pueden ser las de cualquiera de nosotros. Pareciera por lo que digo que Amor Puto es el caso de una obra opiácea. Para nada. El humor irrumpe y descontractura situaciones espesas. Un humor ácido, corrosivo, nada ingenuo y directo. Y el actor/actriz con su despliegue mantiene el ritmo de comedia. Cada vez que veo un buen trabajo actoral me digo “quiero eso para mi...” En este caso, “eso” es tanto que es casi imposible. Debí haber empezado mucho antes con esto del teatro. Entre tanto, Chapeau! para el actor y la dirección.

Pero, siempre hay un pero, algunas cositas no me cerraron. Las luces, por caso. Tal vez no lo tengo todavía muy definido, pero el claroscuro si bien es pictórico no me cierra en cuanto funcionamiento teatral. Cosa mía.

La historia -o la circunstancia- de Amor Puto me interpeló. Uno a veces se siente agobiado, apartado, evitado, sojuzgado, archivado, y tantos otros ados posibles. Amor puto habla de los posibles, y del hoy de esos posibles. Esos posibles que en el caso de Ella, la protagonista, están colgados en su perchero, una suerte de frontera interna… Me encantó esta obra, me hizo sentir el borde de una experiencia y que la voluntad y el deseo de ser son todo.

sábado, 18 de junio de 2016

Elogio del mérito

"Es bello lo que siendo preferible por sí mismo resulta digno de elogio." Aristóteles. Retórica.


Chevrolet (General  Motors) publicó un aviso publicitario en donde habla del mérito. De las bondades de vivir en un lugar donde el mérito establezca las escalas de lo alcanzable. Recuerdo cuando mi padre, que era un trabajador, me contaba de cuando creía que trabajando y siendo honesto se podía progresar... lo decía con amargura porque se había dado cuenta que todo era una mentira, como el tango. Nunca dejó, empero, de creer en eso. Seguía trabajando honestamente porque era lo único que sabía hacer. Fue, creo, la postal de un tiempo. Hoy es, como el tango, otro tiempo en donde no hay aplazados, ni escalafón, el que no llora no mama y el que no afana es un gil. Nada nuevo. No es de ahora. Ni de los últimos 12 años. Pero estos años mucho de eso se hizo bajo el paraguas del progresismo. La inclusión positiva. Entonces ese aviso que habla de mérito, esfuerzo y trabajo, criticando este status-quo, desató un vendaval de críticas, todas en nombre del progresismo. Aviso clasista, fascista, derechista, típico del momento actual, etc. Alejandro Dolina habló de la fábula de la cigarra y la hormiga. No esperaba menos de un hombre de su cultura. Y dijo que considerar las cosas así como las plantea la fábula era algo sumamente ingenuo. Creo que se quedó corto. No solo es ingenuo, es irresponsable por decirlo suavemente. Cuenta esa fábula que mientras la cigarra cantaba al sol, la hormiga trabajaba y trabajaba. La cigarra la invita a la hormiga a tomar sol con ella, mientras le canta. La hormiga se niega, está muy ocupada. Cuando vino el invierno la cigarra tuvo frío y le pidió refugio a la hormiga, que estaba calentita y con comida. La hormiga le negó ayuda diciéndole que mientras ella trabajaba ella cantaba alegremente rascándose el ombligo, suponiendo que las cigarras tienen ombligo. Le cerró la puerta y la dejó a la inclemencia del invierno. Era lo que se merecía por holgazana. Según la hormiga. Pero cada una, tanto la hormiga como la cigarra habían seguido su naturaleza: la hormiga trabajar y la cigarra cantar. Estuvo mal que la hormiga condene a morir a la cigarra. La cigarra no le hizo ningún mal a la hormiga. Es más, hasta le ofreció cantarle. La negativa de la hormiga a ayudar a la cigarra es la naturalización de la pérdida. Qué hubiera pasado si la hormiga aceptaba el convite de la cigarra y se ponía a descansar al sol mientras la cigarra le cantaba? Tal vez la hormiga se dignaría a abrirle la puerta y salvarla, en honor a esos momentos compartidos. ¿Cuántos granos le costarán a la hormiga darle cobijo a la cigarra? ¿Se van a morir de hambre los dos?.
Presentado el tema, el spot de la "meritocracia" parte de un contra-facto: actualmente es un estado de cosas donde no existe la meritocracia. Por su parte, el contraspot parte de un facto: actualmente no existe la meritocracia porque los meritócratas nunca existieron. Ambas posturas postergan el mérito y el sacrificio: en un caso son ignorados por un sistema político y social y en el otro por un sector social y político. La víctima siempre es el trabajo y el mérito individual; el contraspot lo dice: "andate de mi barrio. Este lugar no es para vos." Según esa opinión, son el sórdido subtexto del spot original. En el spot original el subtexto sería: "Ahora que se va a premiar el esfuerzo, yo si trabajo y me porto bien, voy a tener la oportunidad que me merezco. Se terminó eso de hacer la vista gorda y el aguante a quien no se lo merece. Si estás en el horno es porque te lo buscaste."
Pero resulta que mérito y trabajo siempre fueron banderas del progresismo. Los privilegiados nunca obtuvieron nada por mérito propio o por trabajo. Heredaron. Sin embargo esas palabras hoy son recogidas por los conservadores y tomadas por banderas de recuperación y son rechazadas por los neo-progresistas como reaccionarias y justificadoras de las formas de opresión y despojo. "Somos clase media-alta y lo que hacemos es usar fortunas ya hechas" dice el contraspot. Y es cierto, el spot original muestra gente de esa clase. Lo de la fortuna es otro tema, más discutible. Como sea, parece que solamente gente de clase media alta conoce el valor del mérito, el esfuerzo y el trabajo. Una canallada. Para decirlo claramente, considero que ambos spot son una canallada, porque mucha gente de clase media alta tiene la ética del trabajo y la decencia, y mucha gente que no es de ese sector social, también.
Seria bueno que recuperemos el mérito, el trabajo y esfuerzo como el único camino válido para romper un status-quo. Como la auténtica vía del progresismo. Hoy este neo-progresismo, de cuño nacionalista tacuarista,  que tanto se parece al fascismo, se apresura a descartar esa vía como inválida. La alternativa es la revolución, la violencia: nada de mérito, nada de trabajo. Lucha, expropiación, sangre derramada. "La violencia de abajo no es violencia, es justicia." Una justicia expeditiva, por cierto. E irreversible. No admito que se desarme la única alternativa no violenta, de paz y comunidad, de concordia y sabiduría. Es tal la irresponsabilidad de los tiempos que se viven que me angustio de más. Que bueno sería vivir en un espacio en donde existieran las posibilidades. En donde más allá del nombre importe lo que uno quiere y puede hacer. Y hacerlo honestamente. Ayudando a los demás.

Esa es mi utopía. Mi spot.

domingo, 26 de abril de 2015

Para qué hago Teatro

“no puedo salir de la inutilidad, pero puedo inutilizarla y vivir en la tensión entre lo útil y lo inútil. La misma tensión que irrumpe cuando amo aunque no crea en el absolutismo del amor, o cuando buscamos la verdad aun sabiendo que la verdad no existe.”
Darío Sztajnszrajber

Y sí... ahí puede haber una punta. La tensión entre lo útil y lo inútil. O simplemente la tensión. La tensión entre vivir y aparentar, entre vivir y ver pasar la vida, entre ser y parecer. Entre el momento eterno y el fugaz. El teatro es eterno por medio de lo irrepetible y yo soy por medio de lo que no soy. Mi ser cotidiano, gris, ese ser sin dudas, sin fisuras, obtuso, opaco, uniforme, mediocre, se tensiona, se con-torsiona en la búsqueda de ese ser ficticio que sale a mi encuentro bajo una luz... y en el movimiento brilla.

No debería estar ahí, bajo una luz escénica. Pero estoy. ¿Porqué lo hago? Por una cuestión artística?. No. ¿Por una cuestión ideológica?. No. ¿Lo hago por morbo?. No. Lo hago por la tensión, por la con-torsión de mi ser, de mis fibras que, por esa torsión, emiten luz. Todo el resto de mi experiencia vital me tironea hacia la opacidad. La lucha, continua, entre la opacidad y el brillo. A veces me ilumino, a veces gana lo opaco. Y me figuro que nunca terminará, que siempre estará el llamado de lo "real" a que me llene de su peso, espeso.

Y después de pensar y escribir y releer me pregunto: ¡¿Pero qué es esto?!. Para qué negarlo, a veces me siento decadente. Hasta que me acuerdo que no estoy solo en la escena. Dice Oscar Wilde: “Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpatía ética en un artista es un imperdonable defecto de estilo. Ningún artista es morboso... podemos perdonar al hombre que hace una cosa útil, mientras no la admire. La única excusa para hacer una cosa inútil es admirarla intensamente. Todo arte es completamente inútil.”

Admiro intensamente a mis compañeros cuando veo y siento su entrega. Y no puedo no entregarme yo. He dicho.