Los actores y actrices se preparan frente a sus espejos. El espacio escénico demarca un camarín en donde esa preparación transcurre, aparentemente, sin contratiempos, sin nerviosismos, sin apuros. Solo concentración. Sobre otra esquina está un piano, su ejecutante y una cantante, con un atril adelante. Una voz desde la técnica, atrás, grita: “¡Chicos… a escena!” Se percibe entonces en esos actores y actrices esa conmoción que siempre acompaña al que entra al espacio escénico... Ya estaban en el espacio escénico, pero hasta ese instante no importaba. ¿No importaba o eso que creí que era espacio escénico no lo era?. ¿Dónde termina ese espacio? ¿Dónde comienza?. Una pregunta más que estética, existencial. Porque a esta altura del partido las escenificaciones son algo que está, se podría decir, omnipresente. Propias y ajenas. En una realidad que se transforma en algo hiperreal a cada momento, a cada instante, en donde la propia imagen y la ajena se combinan en nuevas imágenes, ahora mejoradas por IA. Por eso, por un momento, la escena se intermedió en una imagen digitalizada en mi celular, como un residuo, un vestigio de eso que estaba pasando. Tres actrices y un actor en escena actuando monólogos en sucesión e interactuando entre ellos, con textos que tienen que ver con la escena teatral, con lo que ocurre ahí, con lo que ocurre después de la escena, con lo que ocurre antes de la escena. Un dispositivo escénico sencillo, con intermezzos musicales cantados en vivo, que son una decoración vigorosa de esas presencias escénicas que van componiendo postales comentadas de diferentes momentos de lo que aquellos que somos del palo consideramos nuestro. Momentos de gloria en los cuales personas grises, anónimas, insospechadas, ocupan un lugar de espacio-tiempo solo reservado a príncipes y profetas. Gloria, felicidad… momentos esquivos y fugaces. Como el arte del teatro. Momentos de los cuales solo quedan recuerdos, bioimpresiones tridimensionales en movimiento, o imágenes planas, químicas o digitales, fijas o en movimiento, en color o en blanco y negro, y palabras escritas, en el mejor de los casos, publicadas. Residuos, restos, vestigios, “humo sin fuego” que queda luego del compartir, del ser-con. Es esa cuestión ritual que siempre acompañó a lo teatral enlazando con la conmemoración, con el homenaje. Y el homenaje es en esta ocasión el centro que transcurre por medio de una puesta que roza la instalación y sus atributos re-auratizantes. Un aura, esa lejanía cercana, ese sentido de vértigo al arrojarse a la desesperación de hacer por hacer porque hay que hacer, de disolver el ego sin perderlo, se va apoderando de nosotros los espectadores cuando empezamos a ver en un video proyectado a foro imágenes de hacedores, de “teatristas” que han muerto. Porque de eso se trata. No es que “se fueron de gira”. Se murieron. No van a volver de esa gira. No están más. Lo que ha quedado de ellos son la pluralidad de sus relaciones, de sus aventuras, de sus proyectos compartidos. Y también queda un homenaje en forma de un banner con sus nombres, que es descubierto por los quienes homenajean. Podemos soñar que cuando uno salga a escena, si es que se vuelve a salir, esté sostenido por alguna de esas palmas que aparecen implícitas en esas imágenes y esos nombres. Pregunté arriba por donde termina el espacio escénico o donde comienza. Podría preguntar lo mismo por el homenaje, la conmemoración. Y así los espectadores nos quedamos sentados como esperando algo cuando todo había terminado. Alguna confirmación. Un “sí, terminó”. Pero no lo hubo. ¿Faltó algo? Puede ser, pero la “instalación” permite esas cosas, creo. Pero también la conmemoración, el homenaje, siempre tiene que continuar. Y es entendible que nos haya pasado porque en los barruntos cotidianos que nos preparan para lo que hay que hacer nos olvidamos de esa cuestión. Cuestión que involucra a padres, hermanos, abuelos, tíos, amigos, referentes y admirados. Hacer por hacer y porque hay que hacer y porque también es un homenaje a esos que nos han hecho de alguna manera, porque nos han precedido. Es bueno tenerlo en cuenta cuando las fuerzas flaquean. Cuando nos preguntamos ¿para qué? recordar esa cuestión puede cambiar la pregunta a ¿para quién? o ¿por quién?. Y seguir soñando. Los actores y actrices sueñan y sus directores y dramaturgos también. Y vestuaristas, iluminadores, sonidistas, tramoyistas, maquilladores, un poco más, un poco menos, sueñan el sueño compartido.
Soñar que nuestro fuego sigue ardiendo y produciendo humo, para nosotros y para los que vengan después.
Lugar: La 3068
Actuaron: Vanina Monasterolo - Luchi Gaido - Marcela Cataldo - Nicolás Sierra
Música en vivo y canto en vivo: Juan Candioti y Alicia Galli
Dirigió: Sergio Abbate



