"La
oscuridad y la luz. La lucha y el amor. ¿Son los trabajos de un
mismo propósito, las características de la misma cara?" La delgada línea roja - Terrence Malick
Creo
que los tres trabajos que hice este año en La Abadía (Parejas, Será
Justicia y Tres) han sido lo mejor que he hecho en teatro, sin
desmerecer lo anterior, por supuesto. Aquello que hice ha dejado en
mí una huella, un registro. Fue lo que hice en ese momento, y en ese
momento sentí que había hecho, o por lo menos intentado hacer, lo
mejor que podía. Es muy bueno que ahora sienta lo mismo. Hice lo
mejor que pude, con la idea de que el taller me obligue a estirar mis
límites, a ir por más, con el convencimiento que eso que estoy
haciendo signifique un quiebre, una ruptura, un "corte"...
un barajar y dar de nuevo. Y siento que me falta tanto, muchísimo...
¡¡Pero menos que el año pasado!! A la inversa de lo que me pasa en
la vida cotidiana, donde el sentimiento es "estoy peor que ayer,
pero mejor que mañana". Decir esto es tal vez un acto de ingratitud con mi vida extra artística. Todos esos momentos de puro existir instrumental. Puede ser. Tal vez sea así. También es parte de mi. Sin embargo, y frente a ese ser negador, aparece este sentimiento de poder emerger
brillante en medio de brumas encanecidas, que están en
todo momento de mi vida convencional. Y esto no es en modo alguno una
compensación, un acomodamiento de mi yo para volver a la
"normalidad", al buen trato de convivencia con los demás,
“equilibrado y armónico”.
Es mucho más que eso.
Es explorar
esas regiones de mi ser que están sepultadas bajo amplias capas de
sedimento, compuesto de años, de educación, de frustraciones, de
carencias, de pérdidas, de triunfos, de expectativas, de imágenes y
sentimientos a veces tan lejanos que parecen venir de vidas pasadas.
Entonces me pregunto, ¿quién soy yo? Y me respondo: soy Edu. Y
también, Eduarrrrrdo, Felipe, la maestra de 1ro. inferior A y Jorge
Ottis. En cada uno de ellos apareció algo de ese barro que se ha ido
juntando debajo de mi piel y que ebulliciona, calentado por ese
centro de hierro fundido que parece que tengo adentro, que a menudo
me parte la espalda y me quema la boca del estómago. Ni el yoga
(aunque ayudó, ¡y cómo!) ni mucho menos el dolten o el ibuprofeno
me acomodaron cuando me pasa eso. Solamente me ayuda meterme en la piel de un
personaje que, vaya uno a saber por cuál misterio cósmico, me viene
a buscar una noche de lunes, martes, o jueves, para que cuente su
historia, su pesar, su alegría, para que le dé vida hacia los que
estamos vivos y le conjure la verdadera y auténtica muerte, que es
ser olvidado o no tener la oportunidad de ser. Y por un ratito, lo
que dura la escena, ese personaje vive de nuevo, o nace, habla,
gesticula, hace y dice lo que el destino le impuso. El mismo destino,
quizás, que hizo que me cruce con él, y que le de una chance de
tener densidad. Y a cambio yo, o mejor, nosotros los actores, podemos
transformar ese sabor agridulce que a veces nos invade la boca en una
imagen de belleza, de alegría, de devastación, de dolor, de
nacimiento. El sabor agridulce que tienen esos misterios vitales que
me/nos rodean y envuelven. Misterios que asumen la forma de pequeños
gestos, señales, que se nos acercan para susurrarnos cosas en el
oído, mensajeros en forma de luz, sonido, palabra, canción, que nos
encuentran en el aire, sobre la cabeza y su conciencia, esperando ser
escuchados.
No
siempre los escuché. No siempre los percibí.
Hoy,
se posan sobre mi ventana y me observan, giran y caen con las hojas
de un árbol, me acarician la cara con una brisa, dibujan líneas y
formas en un cielo nublado donde leves resquicios de sol apuntan un
camino.
No
siempre los escuché. No siempre los percibí. Hoy toman la voz y la
mirada de un personaje y me invocan. Bienvenidos sean.
Muy auténtico Edu; vomitaste una partecita de vos y en ese acto le diste forma a lo que también nos sucedió a quienes compartimos semejante experiencia. Un gusto leerte. Y un gustazo haber crecido actuando al lado tuyo. No sólo fuiste una estrella sino que hiciste brillar a quienes estábamos al lado tuyo: eso es ser un buen actor (además de buen compañero). Me quedo con este fragmento brillante: "...meterme en la piel de un personaje que, vaya uno a saber por cuál misterio cósmico, me viene a buscar una noche de lunes, martes, o jueves, para que cuente su historia, su pesar, su alegría, para que le dé vida hacia los que estamos vivos y le conjure la verdadera y auténtica muerte, que es ser olvidado o no tener la oportunidad de ser."
ResponderEliminarUn fuerte abrazo!
Emi
Laaa vacatraca! qué bello Edu
ResponderEliminarChas gracias!!!!
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