"Las palabras, aun siendo imprecisas y de duración limitada, construyen el recuerdo y articulan el futuro. La esperanza es el futuro verbal." La poesía del pensamiento. George Steiner.
Verbalizar lo que me pasa. Esperanzarme. Tal vez. Tal vez, ser entendido. Dejarse ir... Peligroso recorrido. ¿Qué puede aparecer? Dejar aparecer y someter lo que aparece a la crítica de la formalización. Y esperanzarme. Qué paradoja: formalizar es esperanzarme. Las palabras siempre encierran el malentendido y la esperanza de ser entendidas. Ser entendido.
Esperanza desmesurada.
Entender algo es quitarle el misterio. Formalizarlo y traducirlo a otra cosa que lo explica y desnaturaliza, cuando esa traducción es en palabras. Entonces... ¿desencantar la realidad es esperanzarse? Por el contrario, presentir el misterio, dejarlo fluir, intacto, hacia lo no comprendido, ¿es des-esperanza?.
Dejaré fluir la des-esperanza.
El fluir del misterio de una intuición apareciendo una tarde-noche, durante una caminata, rodeado de presencias extrañas, de coincidentes caminantes que pasaban y otros reposados que quedaban de lado. Todos sumidos en su propio ruido, su peculiar y común modo de atravesar el momento... junto conmigo, impregnado también de la distancia, mi distancia, de todos los que atravesaban ese mismo momento, sumergido, yo, en mi propio estruendo. La música atronaba en mis oídos. Contra mi voluntad, a pesar de ella. Imponiéndose al fragor extraño. Una música de llanura, de planicie, de viento húmedo, de neblina vidriosa, de sofocante ansia. Y de pronto, junto con un riff persistente y cortante, un reflejo me encuentra, enviado por un lejano espejo. Ciclo y destello. Círculo y brillo azul. Ritmo y giro. Carrousel de luz.
Y en el carrousel, caballitos destellantes de colores, azules, rojos, verdes. Zafiros, rubíes, esmeraldas, engarzadas en sus ojos, crines, cascos. Sus cuerpos de mármol trotando bajo un cielo de chispas de plata, girando, rodeando , cayendo, vibrando, resonando con el aire. Y sobre los caballos dos presencias, blancas, iguales y diferentes, plateadas. Sus rostros nublados, vespertinos, se alejan, se acercan, se tocan, se rechazan, se besan. Y el carrousel se detiene. Los caballos desparecen y solo quedan ellos, frente a frente, prometiéndose lo que nunca se dan: ojos de azabache, labios de lapislázuli, mejillas de coral, cuerpos de marfil. Ambos acabados de hermosura, enfrentados en una llanura de ansia, de deseo. Y danzan, bailan, ahora sí, consumándose.
Solo eso. Nada más -y nada menos- que eso.
Regresé abandonado, expandido, recuperado al espesor de un sentido de misterio. Deseo y baile se encuentran y atraviesan la frontera de lo posible. Consumación que diluye los limites de lo percibido: conciencia expandida, al son de un bajo persistente y de un riff distorsionado, de una voz melódica y jazzera. El deseo y el cuerpo, que emergen desde la des-esperanza rocosa y oscura. El cuerpo, abriéndose a la paráfrasis del deseo que es el baile. Música, imaginación, deseo, baile.
Y sin embargo, no hubo baile. Tal vez no hubo oportunidad. Tal vez no hubo energía. Tal vez no hubo coraje.
Solo hubo deseo. Profundo, amalgamado en las presiones de un centro subterráneo, húmedo, neblinoso, plagado de una llovizna tornasolada, violácea, inconsumada, moiré. Un tártaro de deseo.
El baile consuma y el deseo me consume.
El baile y el deseo me arrancan de mis raíces y me llevan por el aire. Y ahí, en pleno vuelo, me sueltan para dejarme donde me encontraron. Ahí, en el aire, no soy más que eso, aire, burbuja, pompa, brillo. En la tierra, donde el deseo y el baile me dejan, soy el piso, la madera, vieja y reseca, que cruje al ser atravesada.
Madera que se consume. Llamas que se arremolinan, se enroscan desde el centro de mi ser.
Aire, burbuja, brillo, deseo, baile, madera, piso. Llama. Tártaro.
El salto hacia el aire, llevado por el deseo, impulsado por el baile, y la caída, hacia el piso, atraído por la inefable gravedad. En el camino, hacia arriba y hacia abajo, la gloria del pleno baile y la inercia de la suma conciencia.
Pero no hubo baile. Solo conciencia, inercia y deseo. Tártaro.
¡Ay!, la conciencia. Mi madera. Mi aliada. Y mi peor enemiga.
Verbalizar, compartir, dar a conocer alguna sensación que vivimos o que llevamos dentro a veces nos ayuda a descubrirnos.Poner en palabras algo que es solo pensamiento, sin cuerpo, para que puedan entenderlo otros, puede llegar a sorprendernos!!
ResponderEliminarMuy intensos tus pensamientos! Espero leer más!
Me pareció que volvía a leer a Macedonio Fernández que es, leerme, qué decir? entiendo.
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