Buscar este blog

miércoles, 10 de agosto de 2016

Amor... puto

El lugar: Teatro de La Abadía 06/08/2016.

Ir al teatro. Llegar y encontrar gente. Charlar. Entrar y ocupar una butaca. Sentir el presente.

La escena está en oscuras. Se oye una voz que va ingresando. Esa voz está alterada. Al iluminarse la escena se ve a una mujer que ingresa a un vestidor o camarín. Solo hay un perchero con ropa, una mesa, una silla y sobre la mesa, un neceser, que se ilumina al acercarse el personaje. Hay claroscuros en la escena, zonas de luz rodeadas de penumbras que nos indican que no todo es claro, límpido, perfectamente establecido. A medida que el personaje se va acomodando a ese espacio, ese lugar se va transformando de camarín en sala de espera, de reunión, en aposento de una niña esperanzada que proyecta sus deseos hacia un futuro que es hoy. Hoy. Ahora. Como testigos de ese trayecto estamos nosotros, los espectadores, que imperceptiblemente empezamos a estar “presentes” en ese camarín-sala-escenario.

La presencia, el ahora, es el núcleo de “Amor...”. Pero hay algo más. Al terminar la puesta un amigo me preguntó, capciosamente: “¿Se rompió la cuarta pared?” Mi respuesta inicial fue “Si...”. “Para mi no!” me respondió. Me quedé pensando. Y tal vez tenga razón. Para que algo se rompa, primero tiene que estar. Y esta puesta, que hace uso de tecnología moderna, de convenciones modernas, hace también honor y presentifica antiguas tradiciones de nuestro arte, en donde ese concepto de 4ta pared no existía, o no sabemos si existía o si era tomado en cuenta. En donde el ritual nos encontraba unidos en la evocación, la actualización de algo. De algo que está siendo y que todavía no es. Pero por supuesto no podemos dejar de lado nuestra modernidad. Los que saben dicen que una corriente invisible de 10000 voltios separa el espacio escénico del espectador. Es el signo – que marca todo lo escénico como teatral. Y como el artificio se va revelando sin hacerse jamás explícito aparece también lo “real”, lo vivo, en la forma de una presencia de lo poético. Mis lecturas actuales me llevan a encontrar que los medievales esperaban que lo poético fuera universal, pero también vivo a los ojos, no era algo meramente imitativo. Y así comienza esta obra, haciendo presente esa tradición tan antigua y vivificándola en los ojos de la protagonista que empiezan a hurgar en la profundidad de la sala, denunciando que la corriente de 10000 voltios… puede ser que no esté. O sí, pero más atrás, en la puerta del teatro.

Siempre digo que una puesta funciona cuando plantea problemas y los soluciona. Cuando no deja abandonada la energía del actor al automatismo de la recepción. Y así la imagen teatral de esta puesta intenta sostener la energía de su actor y evoluciona, cambia. ¿Cambia? Cambia y no cambia. La inclusión del video como concretización de una imagen mental del protagonista da la impresión de un cambio vertiginoso. ¿Pero es tal ese cambio? “Soy pura actualidad”, dice la protagonista. Algo que siempre se actualiza es algo que cambia, que va de un lado a otro o de una forma a otra. Y los que saben dicen que ese tránsito es también tensión pura. Ni movimiento ni cambio, contorsión. Dentro de los “algo más” de Amor Puto está la metafísica. La “operatividad” por no encontrar en este momento un término mejor, de un cambio decidido, voluntariamente poderoso, en tensión con un ser que quiere ser. Un ser universal, humano, contradictorio, incoherente, cristalino, frágil. Cuyas palabras de amor y despecho pueden ser las de cualquiera de nosotros. Pareciera por lo que digo que Amor Puto es el caso de una obra opiácea. Para nada. El humor irrumpe y descontractura situaciones espesas. Un humor ácido, corrosivo, nada ingenuo y directo. Y el actor/actriz con su despliegue mantiene el ritmo de comedia. Cada vez que veo un buen trabajo actoral me digo “quiero eso para mi...” En este caso, “eso” es tanto que es casi imposible. Debí haber empezado mucho antes con esto del teatro. Entre tanto, Chapeau! para el actor y la dirección.

Pero, siempre hay un pero, algunas cositas no me cerraron. Las luces, por caso. Tal vez no lo tengo todavía muy definido, pero el claroscuro si bien es pictórico no me cierra en cuanto funcionamiento teatral. Cosa mía.

La historia -o la circunstancia- de Amor Puto me interpeló. Uno a veces se siente agobiado, apartado, evitado, sojuzgado, archivado, y tantos otros ados posibles. Amor puto habla de los posibles, y del hoy de esos posibles. Esos posibles que en el caso de Ella, la protagonista, están colgados en su perchero, una suerte de frontera interna… Me encantó esta obra, me hizo sentir el borde de una experiencia y que la voluntad y el deseo de ser son todo.

2 comentarios:

  1. Como siempre tu ojo y tu cabeza captan cosas que a los demás se nos escapan. Muy buena crítica.

    ResponderEliminar
  2. muy interesante tu punto de vista. agradecidos por tus palabras y mirada. saludos! alejandra codina

    ResponderEliminar